Mitos, leyendas y autores olvidados guían al viajero por las calles de una de las ciudades más impactantes del continente, que puede disfrutarse de ambos lados de su gran muralla.
CARTAGENA.- Tanto se oye hablar de El amor en los tiempos del cólera que uno ya precisa un respiro, huir del parque temático Gabo para conocer en serio la ciudad. Porque los personajes de Gabriel García Márquez han dejado aquí huellas profundas, que los turistas siguen como guía ineludible, pero siempre por las mismas calles, como un cuento que se repite. Así que uno debe sortear el circuito de vendedores perseverantes y locales de souvenirs para disfrutar de una de las tres o cuatro ciudades más lindas del continente, elegida también por autores menos conocidos, que completan el recorrido y abren el juego.
El escenario literario es perfecto: un casco histórico amurallado, con adoquines que relucen aunque el pasado les haya cabalgado por encima; un lugar que soportó enfermedades, ataques de piratas y tribunales de la Inquisición; un pueblo supersticioso, con relatos propios que se combinan con los de puño y letra.
¿Quién podría imaginar una arquitectura cimentada en gran parte por leyendas? Basta mirar hacia el cielo para descubrir las puntas que sobresalen de los balcones, instaladas allí para cazar brujas, atrapándolas por sus cabelleras.
O la historia del convento de Santo Domingo, cuya construcción, imaginan, debió ser interrumpida por culpa de Satanás, que deseaba incluir nereidas desnudas sobre el frente, en una disputa que terminó con un campanario torcido.
Hasta Fernando Botero parece haber tomado este cuento popular para refrescar su alma irreverente, colocando años después a una mujer sin ropa justo enfrente de la misma iglesia. Cuando supieron de su donación, le dijeron dónde usted quiera , y él optó por Santo Domingo para instalar a la bella Gertrudis, una mujer pulposa que mira de frente a quienes salen de misa.
Esta plaza tiene, además, bares coquetos y palenqueras falsas, coloridas señoras que en las fotos quedan divinas, ellas lo saben, por eso piden propina cuando una cámara las enfoca.
Con frutas en sus cabezas, las palenqueras mantienen, en su versión auténtica -hay muchas en Bocagrande o en la Calle de las Carretas-, la tradición de vender con pregones papaaaya, piña y platanito , además de cocadas de leche, guayaba y ajonjolí.
Más delicias se consiguen en el Portal de los Dulces, donde una decena de puesteros vocifera entre los arcos, a pasos de la Torre del Reloj. El calor es impiadoso con sus bocaditos enfrascados. Pero una galería los refugia del sol.
A un costado está la plaza de los Coches, donde en el siglo XVII no se vendían dulces, sino esclavos. Muchas casas de la zona resguardan en su estructura aquel pasado tortuoso. En sus entrepisos se escuchan, según relatos cartageneros, los pasos de aquellos hombres y mujeres sometidos, que habitaban los pequeños espacios intermedios.
Son hogares de dos o tres plantas, donde la cantidad de ornamentos en sus puertas de calle indica todavía el status de las familias de antaño. Ninguno de estos elementos sobresalía demasiado, por miedo a que por allí se treparan los piratas, pero son llamativos y se mantienen intactos, todo un símbolo de la arquitectura colonial que, en sitios como la plaza de los Coches, se combina con la republicana.
Claro que allí los detalles apenas se distinguen por la noche, porque los faroles escasean. Tampoco quedan dulces a esta hora; sólo palabras. "En la plaza de los Coches, las noches son frenéticas, llenas de lujuria y dinero extranjero; allí se conjugan el verbo y la carne", escribió Federico Herrera de Avila, en su Libélula de la noche , incluida en la atractiva guía literaria de Cartagena editada por Aguilar.
El reggaeton se expande desde Mi Candela, mezcla de bar y club bailable instalado sobre los arcos. La salsa y el merengue llegan desde Donde Fidel, en la esquina, uno de los sitios más buscados para una Club Colombia bien fría, a cualquier hora.
Todo esto ocurre frente a la puerta más transitada, de entrada al casco mejor conservado, pero también de salida. A través de ella se alcanza un barrio humilde y menos colorido, pero también auténtico y con sitios bacanos .
No me sueltes, Getsemaní
"Pedro-Blas-Julio", remarca por lo bajo el librero, como si fuera una recomendación maldita. Poeta cartagenero, escribe sobre gente linda o inmunda, amores morbosos y mujeres iluminadas. Nunca será best seller, aseguran, pero qué importa. Sus poemas hablan de la otra ciudad, sobre todo de su barrio, Getsemaní.
Con nombre de jardín bíblico, esta zona arrabalera fue en principio habitada por los que se quedaron sin espacio en la urbe. Marginal por naturaleza, hoy ofrece bares autóctonos y hospedajes con historia, además de precios bajos y muy buenas opciones para comer.
Los principales hoteles están en Bocagrande y el centro amurallado, pero los que quieren estar cerca del casco y tienen un presupuesto ajustado, encuentran aquí un lugar curioso, con gente en las veredas, europeos que caminan con sus mochilas y música caliente que se filtra por las ventanas.
No me sueltes, Getsemaní es un poema sobre la desobediencia, porque aquí comenzó la rebelión de 1815, que le dio a Cartagena el apodo de Ciudad Heroica. "Aquí nació la insurgencia del pueblo cartagenero, para que los chapetones se fueran de nuestro suelo."
Este fragmento es parte del himno del barrio , asumido así por el pueblo y creado por Lucho Pérez, otro poeta local, valorado tarde, pero celebrado al fin, cuando crearon a su nombre un homenaje extraño. Conocido como El Tuerto, Pérez había escrito sobre el amor que la ciudad le despertaba, similar a "ese cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos". Así que años después de su muerte se levantó un monumento, detrás del castillo San Felipe, con forma de zapatos gastados.
En Getsemaní hay restaurantes que mezclan sabores extranjeros, sin olvidarse del arroz con coco, como Oh! la la, en el callejón Vargas, donde se destaca el cous cous de mero y la cocina francesa; bares como El Gato Negro, de una mujer alemana, con comida vegetariana y buen lugar para un café, y sitios populares para salir de noche, como Mister Babilla, La Carbonera y León de Baviera, sobre la calle El Arsenal. El café Havana, en la Calle del Guerrero, ha reunido por años a los artistas locales y filósofos callejeros. También el hotel familiar Bellavista.
La iglesia de la Santísima Trinidad centraliza el movimiento de este barrio emergente, que ha sido parte de los últimos festivales de música y literatura. Ahora tienen sedes también aquí, como el Festival Off Off, que incluye teatro y títeres. Si algo no falta en Cartagena son encuentros de cultura.
La hostería Casa Viena es una de las más buscadas por los mochileros. La página Web de este hospedaje ( www.casaviena.com ) tiene una curiosa división de secciones: Información , City guides , Playas , Precios y Cocaína . En este último ítem se aclara que está prohibido el consumo, como si hiciera falta, tratando de despejar los miedos de quienes piensan en Colombia como destino. Porque la tendencia, incluso oficial, es hablar de los temas duros y dejarlos en claro. No es casual que el eslogan turístico de estos años sea El riesgo es que te quieras quedar .
Con la firma del autor
Conocer el interior de las casas del casco antiguo es una experiencia que ayuda a entender el pasado, porque los jardines dan muestras del espacio que necesitaban las familias cuando, en la época de los piratas, pasaban tiempo encerradas, como así la terrazas funcionaban de miradores, justamente para ver la llegada de galeones.
En Getsemaní las casas son más chicas y en Manga, todo lo contrario. Este barrio comenzó a gestarse a fines del siglo XIX y sus calles albergaron las clases sociales más altas. Era un sitio de descanso para estas familias, que con el tiempo se fueron quedando.
La residencia de Rafael Núñez (1825 - 1894), poeta y ex presidente colombiano, es una gran muestra de esa arquitectura criolla, en el barrio El Cabrero. "Su mirada fina penetra como una sonda. (...) ¿Y éste es el gobernante que en las tempestades políticas se ha convertido en espanto de los contrarios e ídolo de los suyos? Este es el poeta que hoy piensa a las orillas del mar", escribió nada menos que Rubén Darío, en LA NACION, tras visitar su casa, hoy convertida en museo.
Si de espacios verdes se trata, las plazas del centro histórico completan el cuadro colonial. Como la Fernando de Madrid, de reputación dudosa, aunque igualmente colorida. "En América no hay -según Robert B. Cunninghame Graham- una plaza más absolutamente española que ésta."
San Diego es otro de estos espacios, con mucha vida cultural por estar frente a la Escuela de Bellas Artes. Antes del atardecer aparecen los estudiantes, vestidos o no de uniforme; nunca de blanco, como gran parte de los lugareños. "Por mi patio solariego/ Me quitan todo sosiego/ El tropel de los muchachos/ O el canto de los borrachos/ Que pululan en San Diego", escribió Daniel Lemaitre.
Una plaza que está completamente en ruinas es la de toros. La guía literaria de Aguilar reproduce un mito curioso ( Sucedió en una calle , de Alfredo Iriarte) de este centro taurino, cuya última corrida fue en 1973. Es la historia del torero paracaidista, que llegaría desde el cielo para lidiar con dos toros bravos, pero los vientos caribeños "que entre diciembre y febrero pueden ser más fervorosos que la multitud que espera" lo llevó hasta las aguas de la bahía, más allá del barrio Manga.
Ya de nuevo en el centro, con los vendedores amistosos ("Amigo, amigo... ¿Esmeraldas, numismática, collares, mangos?"), uno puede detenerse a comprar un regalo. La hamaca es un símbolo, al igual que el sombrero vuelteao -no vuelteado , para no quedar snob-, de líneas negras y origen zenú. Las remeras en la calle se ofrecen a 8 dólares, pero todo precio se conversa. La más vendida es la de Pablo Escobar, con la inscripción El Patrón , según afirma un comerciante mientras muestra otra remera, con la cara de García Márquez.